Pertenecía a un coro, cuando acabaron las fiestas navideñas, mi garganta estaba hecha polvo, porque estuvimos por todas las iglesias y colegios de los alrededores cantando a todas horas. Ni las pastillas que me tomé, ni las gárgaras, ni los colutorios, fueron suficientes para aliviar mi maltrecha voz, porque terminé con una ronquera tan atroz, que mas bien parecía un marinero de tercera categoría.
Pero como todo terminó y empezó la vida normal entre comillas, pues mi pequeño problema, cedió en pocos días. Y empecé mi vida de trabajo, mis clases en el colegio, era profesora. Mi profesión me apasionaba, el levantarme a diario para dar clases, me llenaba de satisfacción. Pero, también me llenaba de satisfacción el ver a diario a mi compañero de trabajo del cual estaba profundamente enamorada.
Si, enamorada, y como loca. Me gustaba su forma de saludarme por las mañanas y cuando sonreía al encontrármelo en los pasillos, me fascinaba como trataba a los niños y la mano izquierda que tenía con los padres, es que realmente me parecía perfecto.
El único problema que tenía, es que Marcos, estaba casado.

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