viernes, 20 de mayo de 2011

Unos desconocidos en la noche.

                     Rozaba mi mano por la áspera madera del puente mientras lo atravesaba. El río se había secado hacía ya años, su cauce estaba lleno de piedras, hierbajos y matojos que crecieron a su libre albedrío, también en el puente pasaba lo mismo, al caminar, notaba como mis pies calzados con sandalias, se enredaban en las hierbas altas. Había otro camino pero a mi me gustaba más este, me resultaba más sugerente y cautivador.
                      Cuando era pequeña, si que veía el río, con sus aguas profundas y caudalosas, que al atravesar bajo el puente sonaban con un estruendo entre gorgoteos y murmullos, era un escándalo un tanto especial, como sólo un río sabe hacerlo.
                            Al finalizar el trayecto, se levantaba un intenso bosque de acacias, laureles y abetos. Un bosque tan tupido que la gente de la zona procuraba no adentrarse, pues se decía que quien se perdiera, no encontraría el camino de vuelta, jamás. A mi no me daba ningún miedo, pues conocía el lugar a la perfección, de hecho pasé mi infancia y adolescencia correteando por esos bosques.

                              Seguí mi caminata y me adentré en el bosque conocido, una vereda descubierta años atrás, me dio paso a otra que no conocía en demasía, pero que se me ocurrió explorarla y descubrir nuevos trayectos. Me adentré con entusiasmo, unos enormes laureles a ambos lados de un suelo arenoso, formaban un arco, dejando su suave y fresco perfume, para quien quisiera saborearlo. Respiré profundamente mientras intentaba que la arena y los pequeños picones no entraran en mis zapatos abiertos. Por último me decidí a descalzarme y seguí el paseo con ellos en la mano.

                                  A ambos lados del sendero crecían sin ningún pudor moras y frambuesas, a ratos tiraba de unas y otras, las limpiaba en mi vestido y merendaba. El trayecto se hizo tan largo que una hora después, ya cansada y harta de tanta fruta, me tumbé en un recodo del camino, a la sombra de un ciprés y sin darme cuenta, me quedé dormida.

                            El paso del tiempo y de mi sueño fue rápido, pues cuando abrí los ojos me envolvía un oscuridad de lo más intensa. Me desperté sin saber muy bien donde me hallaba, me levanté despacio y pasé un rato de auténtico esfuerzo hasta averiguar por fin cual era mi situación. Poder ubicarme me costó varios minutos y una vez que lo conseguí, busqué en mi mochila la pequeña linterna que siempre llevaba conmigo.

                             Pero su ayuda no fue suficiente, pues unos metros más allá, a la derecha del sendero, un impresionante abismo abría sus fauces dispuesto a tragarse a quien diera un mal paso. Analizando la situación, cavilé que mejor daba marcha atrás y me quedaba a pasar la noche en donde estaba, como mucho volver por donde vine, ya que al menos era un camino seguro. Pero al poco, oí unas voces que hicieron que me mantuviera quieta en donde me encontraba. Voces susurrantes, murmullos, por momentos, hilarantes. En principio pensé dirigirme a ellas, pero algo me hizo quedarme quieta, escondida tras unos arbustos y esperar, a los pocos minutos, un grupo de hombres y mujeres pasaron ante mí, por lo que pude escuchar más que ver, se notaban contentos, se les oían reírse y por momentos, entonaban canciones. Llevaban linternas y al que pasó cercano a mí, vi que tenía un gran ramo de flores entre las manos. No comprendí la situación, de madrugada, cantando y con flores, decidí seguirlos.
                      Llegaron a un claro del bosque e hicieron una especie de acampada, un fuego generoso, surgió como por arte de magia, y de las mochilas de aquella gente empezó a salir comida y bebida. El miedo que sentí al escucharlos, se evaporó, lo había sustituido por un extraño placer al mirarlos. Y así fueron pasando la noche, ellos comiendo, bebiendo y cantando y yo, mirando sin perder detalle.
                         Cuando fueron las tres de la mañana, la luna que iluminaba el bosque, se oscureció por una nube negra que pasó ante ella, al alejarse, los desconocidos, se habían convertido en duendes, hadas y elfos, y yo, me despertaba de mi sueño y buscaba el sendero desconocido, que encontré sin dificultad...porque ya era de día.





                                 

 





                            
                             




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