Cuando aquella mañana que se presentaba como todas las demás, sentí el timbre de la puerta, me resultó extraño, pues no esperaba a nadie. Abrí con cautela y ahí estaba él. Mi vecino de enfrente, con una sonrisa en los labios y una taza en las manos, venía a pedirme azúcar.
Lo invité a pasar un tanto temblorosa, casi pude sentir como me empezaba a marear, pero era algo agradable y que hacía mucho tiempo que había olvidado, algo incontrolable, que de alguna forma, mientras él entraba, intenté dominar, sin éxito.
Así que nos sentamos y lo invité a un café, sólo, me dijo, si puede ser, cargado. Cada palabra suya, me parecía cargada de significados, peor me ponía, mas nerviosa, llevé los cafés a la mesa y él tomó las riendas de la conversación.
Cuando me di cuenta, llevábamos casi media hora de charla, la taza del azúcar a un lado y nosotros comentando historias de su vida y de la mía.
Al marcharse, me invitó a cenar esa noche en su casa, dijo que quería que la viera, que lo había pasado muy bien conmigo. Fueron las horas más largas de mi vida, las primeras, las pasé pensando en porqué ese hombre tan atractivo y estupendo y que podía tener a su alcance a cualquier mujer, se le apetecía cenar conmigo, una vez que más ó menos superé esto, empecé a cavilar sobre que ropa ponerme esa noche y sin aún haberlo decidido, le di la vuelta al tema pensando si querría otra cosa que no fuera una simple charla de vecinos.
En fin, que parte de la mañana y la tarde estuve bastante entretenida con mis pensamientos, pero terminé con un agotamiento mental de tal calibre, que me quedé dormida durante un rato. Al despertarme, como ya era casi la hora de ir a su casa, me arreglé y crucé la calle. Me recibió en vaqueros y camiseta blanca, yo me había puesto un traje ligero de verano, nada ostentoso, color beige, preferí algo neutro, lo alegré un poco con un collar de colores.
Aquella cena no la olvidaré en mi vida, jamás lo había pasado tan sumamente agradable con un hombre. Él era educado y sensible, profundamente preocupado por todo, me hacía sentir como si fuera la única mujer que existiera en la Tierra. Cuando llegó la hora de la despedida, y debo decir que me encontraba con unas cuantas copas de vino de más, lo besé, me correspondió de la manera más apasionada que imaginarse pueda, minutos después, su cama era testigo mudo de nuestra noche de lo mas ardiente.
Mi vecino de enfrente, vivió durante dos años en esa casa. Era de lo más promiscuo de lo que me pude imaginar. Todo lo que tuviera faldas, caía en su cama. Pero la noche que pasé con él, fue para mi algo muy especial, me hizo despertar tantas sensaciones dormidas, que a partir de ese día... las busqué de nuevo.

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