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viernes, 4 de noviembre de 2011

La muñeca.

                          Recordar aquel día no es nada difícil para mí, lo hice a diario durante tantos años que ahora mismo cuando pasan varios sin acordarme siento de repente como si me faltara algo. Me pesó como una lápida sobre la espalda varios lustros seguidos, ahora que me siento vieja sin serlo por fin puedo hablar de ello e incluso escribir sin que aparezca una mueca de terror en mi cara.
                                Todo empezó con un sueño que intuí que era premonitorio, jamás soñaba o al menos no los recordaba, pero aquel empezó a amargarme las noches de inviernos y veranos, cuando veía las hojas cayendo afuera y sabía que el otoño estaba a punto, o las pequeñas flores del parque cercano brotaban con entusiasmo, mi sueño sin respetar nada, seguía ahí, noche tras noche.
                                  Se trataba de una puerta oscura y siniestra en una especie de solar aislado en un campo, lo veía todo en blanco y negro, siempre pensé que si al menos lo viera en colores agradables sería diferente. En la puerta un letrero, sólo una palabra, muñeca...

                                Y la muñeca igual a la primera que tuve en mi primer cumpleaños...la que conservé toda mi vida...

sábado, 10 de septiembre de 2011

Mi propia muerte.

                              El día que me encontraron muerta bajo la espesa capa de hielo del lago, yo no había cumplido aún los diez años. Durante dos semanas me  buscaron por todas partes sin resultado alguno, hasta que trajeron perros de una ciudad cercana. Dieron conmigo al día siguiente. 
                     Recuerdo  continuamente la mañana en la que fallecí, no fue una caída casual, como dijo la policía, no, el hombre que me empujó a la muerte se llama Richard y hoy día, sigue viviendo en el pueblo.
                        Lo odié durante tanto tiempo que no pude evolucionar en mi nueva vida hasta mucho tiempo más tarde, entonces lo perdoné. Pero un mes después mi madre se quedó de nuevo embarazada y nací yo.
                               Cuando cumplí los diez años, el hombre que odiaba, vino a por mí. Una tarde en que venía del colegio, me desvíe del camino, llegué al funesto lugar en que mis recuerdos se hacían pesadillas. Allí estaba él, esperando a su víctima.                
                                  Me tiré a su cuello mientras mis dientes se afilaban y mis fuerzas crecían, mi rostro adquirió la palidez de la muerte, el grito que dio mi presa, se perdió en el sonido de las campanas de la iglesia cercana.
                              
                  
                           



Posted by Picasa

martes, 24 de mayo de 2011

Terror en el cementerio.


                      Me sugirió por la mañana lo de hacerle las fotos y quedamos a las doce de la noche en la puerta de su casa. No me extraño la hora, pues mi amiga Davinia era lo que le llaman "gótica", pertenecía a un grupo urbano que van vestidos de negro, con cruces y piercings, ella dice que yo no la entiendo, que todo es más amplio que la vestimenta. Lo que quiera que fuera, a la hora indicada, la recogí en mi coche, no me quiso decir a donde íbamos, pero me fue señalando el camino, quedaba a las afueras de la ciudad.
                        Cuando me vine a dar cuenta de que era un cementerio, ya era demasiado tarde y después de un rato de discusión, me convenció. Lo bordeaba un muro no demasiado alto, así que lo escalamos con facilidad y saltamos dentro. Y empezamos a caminar entre las tumbas a ras de tierra, ella buscando el lugar que le pareciese más indicado y siniestro. En el silencio de la noche nuestros pasos sonaban con fuerza, no me sentía a gusto y deseaba terminar pronto. En eso, Davinia encontró una tumba con una cruz sujetada por una niña, estaba hecha en un mármol de color rosa, que la luz de la luna le daba un aspecto aún más lúgubre si cabe.
                             Se colocó al lado de la cruz y yo preparé la cámara, y, entonces....lo oímos, un ruido repetitivo, una especie de tac-tac, que volvía una y otra vez, se oía extrañamente cercano a nosotras, nos quedamos quietas, mis ojos trabados en los suyos, con las miradas de auténtico terror reflejados en ambos. Ella reaccionó la primera al preguntarme que crees que es eso, yo, tartamudeé mientras le contesté no lo sé, vámonos. 
                          Siguió el sonido, pero al poco se le juntó una especie de balbuceo, algo ininteligible, un llanto infantil o algo parecido, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, Davinia y yo, empezamos a correr sin saber exactamente hacia donde, nos dirigimos a las rejas que cerraban el cementerio y empezamos a pedir a gritos socorro, por supuesto, fue en vano, al rato, de nuevo el más absoluto de los silencios. Me temblaban las piernas de tal manera que no creía posible volver a dar un paso, pero había dejado mi cámara atrás, tenía que volver a recuperarla. 
                             Escucha, me dijo, intentemos averiguar de donde provienen los ruidos, vale?. De acuerdo, le dije, mientras me ponía en pie. Caminamos de mano, pegadas la una a la otra, en ese momento, el sonido había cesado, llegamos al punto en que estábamos antes, recuperé mi cámara y ella su mochila, el terror seguía pintado en nuestro rostro. Le hablé en silencio, nos vamos, Davinia?, espera, me dijo, parece que está todo tranquilo, pudo ser un gato o algo así. Según pronunció esas palabras, el ruido comenzó de nuevo, más estridente, si cabe, ahora daba la horrible sensación de una persona pidiendo socorro. Y de nuevo, ella y yo, corrimos como alma que lleva el diablo, sin darnos cuenta, esta vez, en sentido contrario, donde estaban las tumbas viejas y casi derruidas, algunas medio abiertas. 
                    En eso, mi hermana, que corría delante de mí, desapareció tragada por la tierra, oí el tremendo grito que profirió y escuché su voz de ultratumba cuando me llamó. Había caído en una tumba vieja y abierta. No podía creer lo que estaba pasando, me asomé con auténtico pánico al borde y la vi abajo, la distancia corta, dame la mano repetí dos veces, hasta que lo hizo, entonces, la saqué. 
                         Se sentó llorando en el borde, el lúgubre ruido seguía, entonces se acordó que tenía el teléfono móvil, casi la mato. Llamamos a la policía, no había nadie enterrado vivo como nosotras pensamos, era un guarda que se quedó encerrado en la caseta y que al oír ruidos, llamaba. 
                           Después de la experiencia, mi hermana decidió que mejor, hacer las fotos en lugares...menos siniestros.
                                   









martes, 26 de abril de 2011

El hotel.

                                  La vimos así, como en blanco y negro, de hecho estaba oscureciendo cuando llegamos, la casa tenía tejados de pizarra gris, el resto estaba pintada de un blanco sucio, el único tono de color lo daban las maderas de puertas y ventanas, pero al ser de una caoba rojiza, el tiempo la había ennegrecido. Incluso la arboleda circundante parecía casi negra, grisácea mas bien, pues el verde tan oscuro de la copa de los árboles, no se distinguía a esa hora. 
                           Era un hotel de dos estrellas, habíamos alquilado una habitación para dos semanas, tranquilidad absoluta y paz, era lo que necesitábamos los dos. La gran puerta de entrada estaba cerrada, pero antes de tocar, el portero nos abrió. Nos registramos y nos acompañó a nuestra habitación. La entrada era inmensa, como la mansión, una gran escalera la dividía en dos, bifurcándose hacia los lados, alfombras gruesas y sillones antiguos aunque bien conservados, luces suaves e indirectas, unas cuantas pantallas en mesitas bajas. Como no tenía ascensor, subimos por la escalera tras el portero, dos pisos y ático, nuestra habitación, al fondo del primero, daba a la parte trasera del edificio.
                              Parecía como regido por una familia, pues no se veían muchos empleados. Nos arreglamos y bajamos a cenar. Al llegar al salón restaurante, la misma penumbra que en la entrada, lo que más nos sorprendió, es que sólo hubiera una pareja de ancianos en una mesa alejada de la que nos habían sentado a nosotros. Por Dios, Juan, le dije a mi marido, esto se parece a la película Los Otros, joder, no digas eso, me comentó él que no era demasiado valiente en estas circunstancias.
                               Cenamos no demasiado tranquilos, la pareja de ancianos, se me parecía demasiado a los que estaban en el mostrador de la entrada, cierto es que estaban con ropas caras y bien arreglados, pero la semejanza quedaba ahí, no le dije nada a Juan, mi marido, para no asustarle más, porque sino, saldría corriendo. Estábamos en los postre, cuando empezaron los siniestros sonidos.
                                 Tañidos de campanas y silbidos, al rato, como gorgoteos y susurros, llamamos al viejo camarero y le preguntamos, oh, no se preocupe, fue su respuesta, en esta zona es normal, y dando media vuelta, nos dejó con la palabra en la boca.
                                 De común acuerdo, nos levantamos y nos dirigimos hacia donde estaba nuestro coche, para ese entonces, los ruidos ya eran estridencias a cada cual más aterrador, lúgubres, yo diría que hasta satánicos. Salimos de aquel sitio maldito sin mirar atrás, jamás volvimos a hablar de aquel horrible día, supimos que no fue una pesadilla, simplemente...porque nos pasó a los dos.
                                        
                                  
                               

miércoles, 23 de marzo de 2011

Sonidos de muerte.


Posted by Picasa                    Acercarme a aquella siniestra zona, no me produjo ningún tipo de emoción, siempre me habían gustado los lugares un tanto fúnebres, de hecho, los buscaba, así que el encontrar ese sitio fue un auténtico hallazgo. Desde pequeño frecuentaba parajes cuanto más lóbregos y sombríos, mejor, nadie sabía de este hobby mío, lo ocultaba al mundo que tenía claro, no lo iba a entender.
                          Así que me adentré en aquel oscuro bosque a investigar lo que había en su interior. Todo era una penumbra silenciosa en la que se apetecía caminar, por momentos las ramas de los árboles me golpeaban y hacía que tuviera que caminar medio inclinado, casi siempre sucedía lo mismo en los ámbitos boscosos a los que solía acudir. Un rato después, la impenetrable maleza empezó a dejar entrever unos tenues rayos de sol y pude incorporarme, pues la arboleda dejó pasar un sendero terroso, de difícil caminar. La tarde se me echaba encima e intenté buscar la salida, a veces no conseguía encontrarla, esta vez parecía ser una de ellas, pues una vez que hube andado hacia donde creía que estaba, me dí cuenta de mi equivocación.
                               No era la primera vez que pasaba la noche en el bosque, aun así, di varias vueltas más, sin resultado alguno. Abrí la mochila, saqué la linterna y la comida que llevaba y me conformé a esperar el amanecer. Pasar la noche  no era complicado, en un terreno de un suave musgo, puse el saco de dormir, mientras estaba en ello, fue cuando sentí el primer revuelo.
                               Aunque estaba acostumbrado a la noche y a sus sonidos, aquel me pareció un tanto fuera de lugar, no bien lo hube pensado, cuando otro grito, esta vez más estridente, surgió de entre los árboles lejanos, a estos, empezaron una serie de ruidos que desconocía, a cada cual más trágico y diabólico. Sonidos de muerte, pensé para mí.
                                  Me invadió un terror que no pude controlar, sin darme siquiera cuenta, había corrido hacia la linde del bosque, en la carretera, un coche que pasaba me llevó hasta mi casa. A partir de ese día, los lugares fúnebres y yo...fuimos los peores enemigos.