martes, 26 de abril de 2011

El hotel.

                                  La vimos así, como en blanco y negro, de hecho estaba oscureciendo cuando llegamos, la casa tenía tejados de pizarra gris, el resto estaba pintada de un blanco sucio, el único tono de color lo daban las maderas de puertas y ventanas, pero al ser de una caoba rojiza, el tiempo la había ennegrecido. Incluso la arboleda circundante parecía casi negra, grisácea mas bien, pues el verde tan oscuro de la copa de los árboles, no se distinguía a esa hora. 
                           Era un hotel de dos estrellas, habíamos alquilado una habitación para dos semanas, tranquilidad absoluta y paz, era lo que necesitábamos los dos. La gran puerta de entrada estaba cerrada, pero antes de tocar, el portero nos abrió. Nos registramos y nos acompañó a nuestra habitación. La entrada era inmensa, como la mansión, una gran escalera la dividía en dos, bifurcándose hacia los lados, alfombras gruesas y sillones antiguos aunque bien conservados, luces suaves e indirectas, unas cuantas pantallas en mesitas bajas. Como no tenía ascensor, subimos por la escalera tras el portero, dos pisos y ático, nuestra habitación, al fondo del primero, daba a la parte trasera del edificio.
                              Parecía como regido por una familia, pues no se veían muchos empleados. Nos arreglamos y bajamos a cenar. Al llegar al salón restaurante, la misma penumbra que en la entrada, lo que más nos sorprendió, es que sólo hubiera una pareja de ancianos en una mesa alejada de la que nos habían sentado a nosotros. Por Dios, Juan, le dije a mi marido, esto se parece a la película Los Otros, joder, no digas eso, me comentó él que no era demasiado valiente en estas circunstancias.
                               Cenamos no demasiado tranquilos, la pareja de ancianos, se me parecía demasiado a los que estaban en el mostrador de la entrada, cierto es que estaban con ropas caras y bien arreglados, pero la semejanza quedaba ahí, no le dije nada a Juan, mi marido, para no asustarle más, porque sino, saldría corriendo. Estábamos en los postre, cuando empezaron los siniestros sonidos.
                                 Tañidos de campanas y silbidos, al rato, como gorgoteos y susurros, llamamos al viejo camarero y le preguntamos, oh, no se preocupe, fue su respuesta, en esta zona es normal, y dando media vuelta, nos dejó con la palabra en la boca.
                                 De común acuerdo, nos levantamos y nos dirigimos hacia donde estaba nuestro coche, para ese entonces, los ruidos ya eran estridencias a cada cual más aterrador, lúgubres, yo diría que hasta satánicos. Salimos de aquel sitio maldito sin mirar atrás, jamás volvimos a hablar de aquel horrible día, supimos que no fue una pesadilla, simplemente...porque nos pasó a los dos.
                                        
                                  
                               

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