Anoche salí de fiesta, un hermoso zombi de labios gruesos y sangrienta mirada quiso ligar conmigo pero al rato de estar uniendo nuestras copas en medio del bullicio que nos rodeaba, una bruja cruel y de ojos feroces, lo arrebató de mi lado.
Ya estaba acostumbrada a que extrañas y desconocidas brujas me arrebataran a diferentes zombis que se pegaban a mí, así que no me pareció nada especial y seguí paseando por la plaza en donde se celebraba la noche de Halloween. Entre empujones, risas, sustos y mohínes de unos y otros a cada cual más patético, pasé parte de la noche hasta que llegada la madrugada medio borracha bajé a pasear a la playa a ver si con la brisa marina se me pasaba un poco el mareo y podía coger el coche para marcharme.
Me compre una botella grande de agua y empecé a beber para diluir el alcohol ingerido . Me arremangué mi traje de monje siniestro que en mala hora se me ocurrió pues tenía un calor de mil demonios. Prescindí de las sandalias monjiles y el frescor del agua hizo su efecto, que delicia, pequeñas olitas iban y venían dejando un rastro de suave espuma. Por un momento recordé cuando éramos chicas e íbamos los veranos a la playa con mi madre, pasábamos tardes eternas entre bocadillos de tortilla y tupper. de ensaladilla rusa, la verdad no pensé que recordara con tanto cariño aquellas tardes de mi infancia.
Me paré un momento a beber agua y mirar una pareja de fantasmas que aprovechando la oscuridad entremezclaban sus sábanas y algo más, supuse. Más allá una especie de enterrador sentado frente a la orilla no le preocupaba que lo mojara el agua.
Al pasar a su lado vi que había vomitado y en su cara maquillada de gris, el surco de las lágrimas iba dejando una huella.
"¿ Necesitas algo ?" "¿ Quieres que me siente contigo un rato ?". Sorprendentemente para lo que esperaba, musitó un "sí ".
Después se quedó callado como correspondía al disfraz que llevaba, yo, a su lado, también en silencio. Así permanecimos casi una hora, le ofrecí agua varias veces y todas aceptó, no dejó de llorar un sólo momento. Me levanté para mojarme los pies y saqué de mi bolso un cigarro, oí su voz por segunda vez en la noche : "¿ me invitas ?", "claro," le dije y le ofrecí la caja, con unos dedos limpios y largos, cogió uno y lo encendió.
Vimos juntos la salida del sol en ese silencio compartido, cuando ya empezó a molestarnos su brillo, él se levantó, yo hice lo mismo. Entonces dijo la frase más larga que le escuché en la noche : " en ésta noche de Halloween, lo mejor que me ha pasado, ha sido tú, gracias."
Y con las mismas, mi enterrador se marchó playa arriba.
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