lunes, 31 de octubre de 2011

La infelicidad oculta.

                                      Me sentía tan unida a ella que los años que había pasado sin verla se me habían hecho eternos. Se marchó cuando se casó y a su marido lo destinaron a un país lejos del nuestro, creo que en aquel momento se hubiera divorciado. Por mi parte sentí que un trozo de  mi alma se iba con ella.
                          Pero hoy recibí un mail en el que me contaba que volvía de nuevo, dos palabras para decirme que se había divorciado y se trasladaba al pueblo otra vez. Sentí lo del divorcio por un instante, sólo por un instante, pues en seguida pensé en como íbamos a retomar todo lo que dejamos atrás por designios del destino.
                           Durante los siete días en que Rosa tardó en llegar, recordé nuestra adolescencia en la playa, la pandilla, las tardes que pasábamos en la arena húmeda tocando la guitarra y cantando y las noches cortas de amores que nunca llegaron a nada. 
                             Así fue como conoció Rosa a su fallecido marido, con el que compartió diez años de un maravilloso matrimonio, hijos no tuvo, pero la suerte de conocer el amor, sí. Todo ese tiempo nos comunicamos por internet casi a diario, en los últimos meses nos habíamos distanciado un poco.
                            Rosa era de una belleza de esas que llaman nórdica, rubia casi blanca, ojos claros y piel también casi transparente, llamaba la atención por donde pasaba. La pobre lo pasaba fatal pues era de una timidez de las que ya no se usan, pero como eso no entiende de modas, así tuvo que vivir ella, con su timidez a cuestas toda su vida. 
                            Cuando me conoció se pegó a mí como una lapa pues yo era su antítesis, extrovertida y echada p'alante como pocas. La defendía con uñas y dientes de todos los moscones que se le acercaban con aviesas intenciones, y sin casi darnos cuenta empezamos una amistad. 
                             
                         Llevo esperando en el aeropuerto casi una hora, he llegado pronto porque la impaciencia me puede, ya me he tomado dos cafés y ahora me encuentro frente a esa puerta que se abre y cierra cada vez que un pasajero pasa y los que estamos de éste lado nos erguimos intentando ver al ser esperado.  Casi estoy sola, dos personas conmigo y un chico de esos que llevan un cartel. Que raro, pienso, ¿ y Rosa ? ¿donde se habrá metido?. No queda nadie, sólo una señora mayor al fondo que viene en silla de ruedas y...
                                ... es Rosa...

                                Ahora estamos en mi casa. Al verla en el aeropuerto no la reconocí, años de penurias, sufrimientos, enfermedades, desgracias o todo junto, habían pasado por el cuerpo y el alma de mi amiga. Conservé la calma como pude, me suele pasar en situaciones así, sólo cogí la sillita de manos del empleado del aeropuerto y dándole las gracias salimos afuera.

                                       Rosa sentada comodamente en el sillón de mi cuarto de estar y yo frente a ella, calenté el chocolate que ya había preparado pues recordé que era su bebida favorita. Para mí, un wiski doble, no tenía en casa nada más fuerte.
                               La pregunta de rigor hecha con el mayor tacto posible "¿ que ha pasado Rosa?"  Pensé que lloraría o algo así, pero no, muchas lágrimas tenían que haber salido ya de aquellos ojos. 
                                     "Te lo digo en dos palabras, Lucía, mi matrimonio nunca fue tan feliz como di a entender, llevo diez años aguantando los malos tratos de mi marido lo que ha dado lugar a que me veas en el estado en que me encuentro." 
                                       " Pero Rosa, porque no acudiste a tu familia, tus amigos, la policía, yo que sé hay formas no me parece que aguantar eso tantos años." 
                                           " Tuve un hijo, me amenazó con matarlo si se lo decía a alguien, hasta ese punto llegaba su crueldad, pero el destino que también es cruel quiso que mi hijo muriera hace dos meses. Entonces yo, lo maté a él." 
                                    " ¿Lo mataste?" pregunté asombrada, la Rosa tímida y apocada que yo conocía no hubiera sido capaz de un terrible acto como ese.
                                      "Sí, hubo un juicio que duró dos meses, me absolvieron."
                                        Un silencio intenso y sobrecogedor se instaló entre las dos, cada una en sus pensamientos, cada una en sus recuerdos.
                                                











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