martes, 10 de mayo de 2011

La cabaña siniestra.

                     La vi a lo lejos, mientras jadeaba tras la subida, el mismo árbol seco pegado a ella como si no la quisiera dejar escapar a su destino. Se mantenía en buenas condiciones a pesar del tiempo transcurrido y de los pocos cuidados que le habíamos proporcionado, pero aún estaba entera, reposando tranquila en medio del pajar. 
                      No tuve que utilizar la llave, la puerta se mantenía cerrada a pesar de no estarlo, nadie entraría a la cabaña maldita. Así es como la llamaban en el pueblo. Encendí velas por toda la casa, las llevé conmigo, sabía que allí no las encontraría. Estaba todo recogido y limpio, salvo por la pátina de polvo que los años habían depositado. Sacudí el colchón y limpié la cama, le puse las sabanas limpias que llevé y me acosté a dormir. 
                        Durante la noche y en contra de lo que pensé, dormí relajada y tranquila, nada de pesadillas, eso que todavía solía tener a pesar del tiempo transcurrido, casi treinta años. Pasé la mañana limpiando y ventilando la casa, abrí todas las ventanas y la puerta, puse una varita de incienso y dos velas, pidiendo que todo lo malo que sucedió en ese lugar, desapareciera y nadie lo recordara nunca jamás. Después bajé al pueblo a por víveres y a pasear un rato.
                           Las miradas de los vecinos y las murmuraciones, me siguieron largo rato, yo, como si no pasara nada, saludé a unos y otros, comentando que había venido a limpiar la cabaña y arreglar un poco todo, que me iba a quedar unos cuantos días. En la pequeña tienda de alimentos, me encontré con una chica de mi edad con la que iba al colegio de pequeña, hablamos un rato y se ofreció a ayudarme con las bolsas.
                          Una vez en la cabaña, preparé café y nos sentamos. Empatamos rápido, Luisa era extrovertida y de carácter amable. Me comentó lo que se hablaba hoy día en el pueblo sobre la muerte de mi familia, creían que todo había sido cosa del demonio, que la cabaña estaba encantada y que fuimos víctimas de algún maleficio. Y tu que crees, le pregunté, yo, tengo claro, me respondió, que una mano humana y asesina fue quien cometió los crímenes, el que aún no lo hayan pillado no significa nada, el caso sigue abierto, me dijo. Su marido era policía, estaba al día de los detalles.
                                Era habladora, se explayó en contarme lo que la creía la policía. Al parecer, creían que era alguien de la zona y que aún continuaba viviendo en ella, algún vecino medio loco, mejor sería decir vecinos, porque para matar a tres adultos, hacía falta más de una persona.
                            Hicimos una cierta amistad y cuando me marché prometió ponerme al día de los detalles que fueran surgiendo. Durante meses no supe nada de ella, pero un año más tarde, me llamó el comisario de la comisaría local, habían descubierto al asesino.
                              O mejor dicho a la asesina, porque ella fue la artífice de la macabra historia que acabó con la vida de mi familia, la descubrió su propio marido, no se como, tampoco quiero saberlo. Meses después, volví de nuevo, quemé la cabaña con todo lo que había dentro, consideré que era la mejor manera de acabar definitivamente  con el terror que llevaba en su interior. 

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